10 DE AGOSTO DE 1519: EL ZARPE HACIA EL FIN DEL MUNDO Y EL COMIENZO DEL DESTINO AUSTRAL DE CHILE

José Ignacio Alvarez Chaigneau, PhD Geografía e Historia. Profesor residente de la Academia de Guerra Naval, Docente Investigador del Centro de Estudios Navales y Marítimos (CENAM)

Cinco naves zarparon desde Sevilla, tres alcanzaron el Mar del Sur.

Entre ambos horizontes nació el Estrecho de Magallanes: angosto en su figura, inmenso en su destino.

El mundo todavía guardaba un secreto en su extremo austral. Ningún mapa podía demostrar que existiera una abertura entre el Atlántico y el Mar del Sur, pero Hernando de Magallanes estaba dispuesto a encontrarla. Más de cinco siglos han transcurrido desde aquel 10 de agosto de 1519, cuando cinco naos soltaron sus amarras en el muelle de las Muelas de Sevilla y comenzaron a descender el Guadalquivir. Al frente navegaba la Trinidad, nao capitana de la expedición, seguida por la San Antonio, la Concepción, la Victoria y la Santiago. Después de completar sus preparativos en Sanlúcar de Barrameda, la armada se entregó al Atlántico el 20 de septiembre. Sobre sus cubiertas, hombres dispuestos a enfrentarse con lo desconocido; y en sus velas, la ambición de abrir una nueva ruta para la humanidad. Aquel día no comenzó solamente una navegación: una hipótesis geográfica abandonó los mapas y se hizo roble, vela, hierro y voluntad.

La Corona de Castilla buscaba alcanzar las islas Molucas navegando hacia occidente. Para ello era necesario encontrar una abertura en la muralla continental americana, un paso entre el Atlántico y el Pacífico que nadie podía asegurar que existiese. Magallanes zarpó hacia una puerta todavía invisible. Llevaba cartas incompletas, instrumentos frágiles, pero una convicción más resistente que el temor: ¡el mundo debía tener una salida por el sur!

Después de cruzar el Atlántico, reconocer la costa del Brasil y explorar las aguas inmensas del Río de la Plata, la expedición continuó hacia el sur, internándose en latitudes donde el frío parecía poseer un filo implacable. Ante sus proas se extendía una costa desnuda y desmesurada, castigada por un viento que retumbaba sobre los mástiles como anuncio de una tierra todavía sin medida. Allí los alcanzaron el invierno, el hambre y el motín; pero también el encuentro que habría de dar nombre y leyenda a aquella región. Desde la soledad de la estepa apareció un hombre de elevada estatura, con el cuerpo pintado, que cantaba y ejecutaba movimientos ceremoniales. El cronista oficial, Antonio Pigafetta lo contempló con el asombro de quien cree hallarse frente a una humanidad salida de los antiguos relatos. En aquel instante, la observación comenzó a transformarse en maravilla; y la maravilla, antes de que la razón pudiera contenerla, empezó a adquirir la talante del mito.

Magallanes llamó “patagones” a aquellos pobladores, probablemente aónikenk o tehuelches meridionales. De esa denominación nacería el nombre Patagonia. Su origen continúa discutido: una interpretación convincente lo relaciona con Patagón, personaje monstruoso del Primaleón, novela de caballerías publicada en 1512. Las crónicas aumentaron las tallas y los mapas poblaron la nueva Patagonia con figuras desproporcionadas. Así, antes de ser dominado por la medida, el extremo austral ingresó en la imaginación europea bajo la estatura de la leyenda.

El 21 de octubre de 1520, la armada alcanzó el espacio que, siglos después, el derecho internacional vigente entre Chile y Argentina consagraría como el “término oriental del Estrecho de Magallanes”, determinado por Punta Dungenes al norte y el cabo del Espíritu Santo al sur. Allí, donde hoy el faro de Punta Dungeness vigila el horizonte, la abertura apareció finalmente ante las proas, como una herida abierta en la muralla del continente. Las naves penetraron con cautela en un laberinto de angosturas, bahías, corrientes e islas, vigiladas por montañas que parecían cerrar el horizonte. Entonces, mientras la armada avanzaba midiendo cada virada, la ribera meridional comenzó a arder en la distancia. Durante la noche surgían fuegos dispersos que quebraban la oscuridad; con la luz del día, columnas de humo se elevaban sobre la costa. Los navegantes no alcanzaban a distinguir a quienes las encendían. Veían las llamas, pero no a sus guardianes; reconocían la señal, pero ignoraban el mundo humano que la producía. Y así, alimentada por el temor y la incertidumbre, la fábula continúo navegando junto a ellos.

La tradición historiográfica vinculó aquellas fogatas con el nombre “Tierra de los Fuegos” y luego simplemente en Tierra del Fuego. No había un prodigio sobrenatural. Eran las hogueras de los campamentos selk’nam: abrigo, alimento, reunión y vida en una tierra severa. El misterio pertenecía a la mirada europea. Para los pueblos originarios, cada fogata formaba parte de una geografía conocida; para los navegantes, cada resplandor era una advertencia de que el confín estaba habitado. Ese contraste posee una fuerza histórica extraordinaria. Los europeos creían penetrar en los márgenes vacíos del planeta, pero las llamas declaraban lo contrario. Cada columna de humo era presencia; cada fulgor, una ocupación humana anterior a todo nombre castellano.

El fuego y los gigantes que los marineros transformaron en topónimo fue una evidencia fundamental que mostró que el extremo austral no era un territorio vacío. Antes de ser trazado por la cartografía europea, ya estaba habitado, recorrido y significado por sus pueblos originarios. Los gigantes imaginados y los fuegos reales fueron, así, las primeras señales humanas con que el mundo austral respondió a la mirada de esos valientes navegantes.

Durante treinta y ocho jornadas, desde el 21 de octubre hasta el 28 de noviembre, la armada buscó la salida occidental. La San Antonio desertó y regresó a España; pero la Trinidad, la Concepción y la Victoria perseveraron. Navegaron midiendo mareas y viradas, con la vela reducida cuando el viento golpeaba con violencia y con hombres atentos a cada cambio de la costa. Finalmente, el canal desembocó en el Mar del Sur. Magallanes había transformado las conjetura en una ruta navegable.

El hallazgo no fue solamente hidrográfico. Al demostrar la comunicación efectiva entre el Atlántico y el Pacífico, el Estrecho alteró la representación europea del planeta y convirtió al extremo austral en una pieza central de la navegación mundial. Pigafetta preservó la experiencia en su relato; la cartografía fijó el paso; y el nombre de Magallanes quedó unido para siempre a aquella fractura marítima perseguida desde Sevilla.

Recapitular en el significado del 10 de agosto de 1519 es recordar el instante en que esa transformación comenzó a navegar sobre roble, pino y olmo. Desde el Guadalquivir hasta el viento austral se extendió el arco formidable de una voluntad humana y la visión de un hombre: de la certeza política a la incertidumbre del océano; de los gigantes imaginados a los fuegos reales; de un paso apenas intuido a una ruta capaz de modificar el equilibrio geopolítico del mundo. La expedición no encontró un territorio vacío. Encontró pueblos, geografías y señales de vida que la mirada europea convirtió en relatos, nombres y mapas.

Más de tres siglos después, Chile comprendió que la geografía descubierta en 1520 exigía presencia efectiva. La toma de posesión del Estrecho, el establecimiento de Punta Arenas y el poblamiento permanente transformaron la antigua ruta imperial en soberanía republicana. Desde allí, la mirada estratégica chilena continuó proyectándose hacia los canales fueguinos, el cabo de Hornos, el paso de Drake, el océano Austral y sus tierras antárticas. No se trató de una continuidad jurídica automática, sino de una persistente comprensión geopolítica: quien habita, conoce y resguarda el Estrecho ocupa una posición decisiva ante los océanos y el continente austral.

Así, el 10 de agosto de 1519 dejó de pertenecer únicamente a la historia de un zarpe. Aquel día dejaron la costa cinco naves, pero también comenzó a desplazarse el centro del mundo hacia el sur. Magallanes abrió el paso; la historia lo convirtió en frontera de océanos; y Chile, afirmar su presencia en sus riberas, hizo de aquella geografía una vocación soberana y una plataforma de proyección antártica.

Donde Europa creyó contemplar el término del planeta, Chile reconoció el comienzo de su destino austral.

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