En la XII Conferencia de Ciencia Abierta del SCAR, que reúne en la capital noruega a cerca de 1.400 especialistas del mundo, Chile no solo presenta investigaciones: ocupa cargos de conducción del organismo y despliega una delegación que va de la paleobotánica al derecho antártico, del Instituto Milenio BASE y el CHIC hasta los historiadores, comunicadores y jóvenes de la región austral.
Oslo se transformó estos días en la capital mundial de la ciencia antártica. Del 8 al 19 de agosto, la ciudad noruega alberga la XII Conferencia de Ciencia Abierta del Comité Científico de Investigación Antártica (SCAR), el encuentro más importante del planeta en torno al continente blanco. Y en ese enorme escenario, Chile llegó con algo más que trabajos científicos: llegó con peso propio dentro del propio SCAR y con una delegación de una veintena de representantes que dibuja, en pequeño, todo el ecosistema antártico nacional.
Un chileno en la conducción del SCAR
La mejor señal de ese peso tiene nombre y apellido: Marcelo Leppe, paleobotánico, académico e investigador del Centro GEMA (Genómica, Ecología y Medio Ambiente) de la Universidad Mayor y vicepresidente del Comité Científico de Investigación Antártica (SCAR). Ex director del Instituto Antártico Chileno (INACH) entre 2018 y 2024 y asesor del Ministerio de Relaciones Exteriores, Leppe es una de las voces más reconocibles de la ciencia polar chilena, con 18 viajes al continente blanco y una trayectoria ligada a hallazgos como los dinosaurios chilenos Gonkoken y Stegouros. En 2025, en un gesto de reconocimiento internacional, una isla antártica fue bautizada «isla Leppe» en su honor.
Su mirada resume el momento del país: en dos décadas, Chile multiplicó por más de treinta su producción científica sobre la Antártica —de apenas cuatro artículos anuales a más de 130—, situándose entre las publicaciones más citadas del mundo. Para Leppe, ese salto abre una oportunidad concreta: que Chile lidere la formación de nuevos investigadores antárticos en América Latina, articulando a universidades como la propia U. Mayor, la U. de Chile, la U. de Concepción, la U. Austral y la Universidad de Magallanes, con su posgrado antártico.
El derecho y la gobernanza: la voz de Luis Valentín Ferrada
Si la Antártica es hoy un territorio de ciencia, también lo es de gobernanza. Esa dimensión la encarna Luis Valentín Ferrada, doctor en Derecho, director del Programa de Estudios Antárticos de la Universidad de Chile e Investigador Principal del Instituto Milenio BASE. Ferrada integra el Comité Permanente en Humanidades y Ciencias Sociales del SCAR y figura en la lista de árbitros de la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya en materias medioambientales antárticas, además de haber sido redactor principal de la Ley Chilena Antártica (Ley 21.255).
Su presencia recuerda que el futuro del continente no se juega solo en los laboratorios, sino también en las reglas que lo protegen: el Sistema del Tratado Antártico, la protección ambiental y la cooperación internacional en una región especialmente vulnerable al cambio climático y a la presión de las actividades humanas. En un mundo de crecientes tensiones geopolíticas, esa mirada jurídica chilena aporta al debate global sobre cómo mantener la Antártica como espacio de paz y ciencia.
Instituto Milenio BASE y CHIC: la biodiversidad del confín austral
Buena parte de la fuerza científica chilena en Oslo se apoya en dos instituciones que conviene destacar. La primera es el Instituto Milenio BASE —Biodiversidad de Ecosistemas Antárticos y Subantárticos—, un proyecto profundamente interdisciplinario que reúne a investigadores de nueve universidades y centros del país, y que tiende puentes inéditos entre la biología, la ecología y el derecho internacional. De sus filas provienen tanto Ferrada como César Cárdenas —vinculado al INACH y presidente del Comité Científico de la CCRVMA, la comisión que regula los recursos vivos marinos antárticos— y Hugo Benítez (Universidad Andrés Bello), presentes en los debates sobre conservación marina e invasiones biológicas.
La segunda es el Centro Internacional Cabo de Hornos (CHIC), con base en Puerto Williams, dedicado al estudio y la conservación biocultural de los ecosistemas subantárticos del extremo austral de Chile. Su trabajo recuerda que la Antártica no empieza en el hielo: empieza en los bosques, turberas y canales del Cabo de Hornos, un laboratorio natural único para comprender cómo responde la vida a las condiciones más extremas del planeta. Juntos, BASE y CHIC proyectan a Magallanes y a la Patagonia austral como corazón de la investigación antártica y subantártica nacional.
Historia, divulgación y las nuevas generaciones
La presencia magallánica en Oslo, sin embargo, no se limita a la ciencia dura. En el área de ciencias sociales, el historiador antártico Francisco Sánchez —conocido por sus reportajes históricos y por conducir el programa Exploradores Antárticos— llevó dos mesas temáticas tras casi un año y medio de preparación: una sobre las primeras expediciones antárticas de Chile y México, y otra sobre modelos educativos para comprender la Antártica, donde se presentó el libro Cuentos Antárticos y algo más y experiencias de divulgación nacidas en la región.
A su lado, la periodista María Pastora Sandoval representó el oficio de traducir la ciencia a un lenguaje cercano a las aulas y los hogares, en la convicción de que la Antártica —remota y frágil— debe ser comprendida también por quienes nunca pisarán el hielo. Medios regionales como ITV Patagonia realizaron despachos en vivo desde Oslo, y desde Punta Arenas, Mirador Antártico volvió a hacer de la divulgación y la memoria austral una causa permanente.
El acento generacional lo puso Constanza Barrientos, de la Fundación Coalición de Jóvenes Antárticos, que participó en una mesa pensada para tejer vínculos entre jóvenes y especialistas. Junto a iniciativas como el programa Embajadores Antárticos, la Fundación Valle Hermoso, la Fundación Huellas Magallánicas y el Centro de Estudios Hemisféricos y Polares, confirmaron que la proyección antártica de Chile ya no depende solo de sus laboratorios, sino de un amplio ecosistema que empuja desde Magallanes.
Magallanes, puerta de entrada al continente blanco
Vista en conjunto, la delegación chilena en Oslo cuenta una historia mayor. Punta Arenas —uno de los cinco grandes accesos al continente helado, desde donde operan expediciones, vuelos, buques y bases— reafirma su condición de puerta de entrada a la Antártica, y con ella la de toda una región que asume su vocación antártica como asunto de comunidad. Chile recogió en el norte de Europa el testigo que entregó en 2024, cuando el INACH organizó la conferencia anterior en Pucón, y lo hizo hablando varios idiomas a la vez: el de la ciencia, el del derecho, el de la historia, el de la educación y el de la divulgación.
Bajo el lema «Diving into Antarctic Science – Making Waves for the Future», las olas que dan nombre al encuentro encontraron en la comitiva chilena —y muy especialmente en la magallánica— un reflejo nítido: el de un país que, desde el fin del mundo, se empeña en comprender, cuidar y contar la Antártica. Una marea que, con figuras como Leppe y Ferrada, con BASE y el CHIC, y con los historiadores, comunicadores y jóvenes del sur, promete seguir creciendo.






