Leer Geodécimas en el fin del mundo: una invitación a mirar la Tierra con otros ojos

Hay libros que se leen, y hay libros que se habitan. Geodécimas, un canto a la geodiversidad de nuestro planeta y el cosmos, del Dr. Ramiro Bustamante, pertenece a esa segunda estirpe: la de las obras que piden ser recorridas con la misma calma con que se camina un bosque o se observa una piedra antigua. Y quizás por eso no resulta casual que su presentación haya ocurrido en Puerto Williams, la ciudad más austral del planeta, durante la IV Conferencia Internacional CHIC “Centinelas del Cambio Climático”, entre el 11 y el 14 de mayo.

El gesto tiene algo de poético en sí mismo. Presentar un libro sobre la geodiversidad —las rocas, los suelos, las montañas, los procesos profundos que han modelado el planeta— justo en el umbral de la Reserva de la Biósfera Cabo de Hornos, ese laboratorio natural reconocido en todo el mundo, es una manera de recordarnos que la ciencia no vive encerrada en los laboratorios ni la poesía en los libros: ambas pertenecen al territorio, al paisaje, al asombro.

Bustamante, académico de la Universidad de Chile e investigador del Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB), ya había tendido este puente con Biodécimas en 2019. Ahora, acompañado por las ilustraciones de María Cristina Espinoza, lleva el viaje más lejos: desde el origen del universo hace 14.600 millones de años, pasando por el nacimiento de la Tierra y la Luna hace 4.500 millones, hasta el surgimiento de la vida hace 3.500 millones de años. Todo eso contado en décimas, ese formato profundamente latinoamericano que Violeta Parra devolvió al corazón popular.

¿Por qué leerlo? Porque Geodécimas hace algo que pocos libros logran: traduce. Traduce el lenguaje de las ciencias de la Tierra al lenguaje del canto popular, sin que ninguno de los dos pierda dignidad. El lector que se acerca sin formación científica encuentra una puerta amable al conocimiento geológico; el lector que viene de las ciencias descubre que sus saberes pueden cantarse, rimarse, compartirse en una ronda familiar. En tiempos donde el conocimiento suele fragmentarse en disciplinas que no se hablan, este libro propone exactamente lo contrario: el diálogo, la convergencia.

Durante la presentación, el Seremi de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Magallanes y de la Antártica Chilena, Rodrigo Bravo Garrido, lo dijo con claridad: la obra es un puente entre el conocimiento científico y la divulgación cultural, y representa el sentido actual del desarrollo del saber, donde las disciplinas conversan, convergen y se potencian. No es un elogio menor. Es, en el fondo, una declaración sobre cómo deberíamos pensar el mundo en plena crisis climática: con humildad, con curiosidad y con la certeza de que ninguna mirada basta por sí sola.

Hay también una razón más íntima para leer Geodécimas. En un planeta que cambia aceleradamente, recordar de dónde venimos —del polvo de estrellas, de rocas que se enfriaron, de aguas que tallaron continentes— es una forma de cuidado. Saber que la vida brotó hace 3.500 millones de años sobre un sustrato mineral que sigue sosteniéndonos cambia el modo en que se pisa la calle. Geodécimas hace ese trabajo silencioso: nos devuelve la conciencia del suelo.

Leerlo en Puerto Williams, o leerlo desde cualquier rincón del país, es asomarse a esa misma orilla. Un libro que recuerda que la Tierra también canta, y que la ciencia, cuando se atreve a rimar, llega más lejos.

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