Los Curioscópicos y la Fundación Whalesound construyen una innovadora aventura en el Museo Maggiorino Borgatello
Hay días en que los museos dejan de ser museos. Días en que sus pasillos se llenan de risas, sus vitrinas se vuelven cofres, y el silencio reverente que suele habitarlos cede paso a algo aún más sagrado: la voz de los niños descubriendo el mundo. Eso, exactamente eso, fue lo que ocurrió en el Museo Maggiorino Borgatello cuando una mágica y entretenida búsqueda del tesoro, liderada por el carismático Capitán Johnson —pirata de mil travesías— y la luminosa Anaí, hada del agua y del mar Caribe, transformó la tarde en una jornada inolvidable. Los estudiantes del espacio educativo Conectarte vivieron allí algo que ningún libro de texto podría haberles entregado: el descubrimiento como emoción, el aprendizaje como asombro, el museo como aventura.
La actividad se desarrolló en el marco de la exposición “Historia visual del Parque Marino Francisco Coloane” FONDART 2025 financiado por el Ministerio de las culturas, arte y patrimonio, desarrollada en conjunto con la Fundación Whalesound, entidad cuya labor —noble y silenciosa— consiste en divulgar el patrimonio natural y cultural, contribuyendo a los desafíos globales de la sostenibilidad desde una perspectiva local y con identidad territorial. Y no es un detalle menor el escenario evocado: ese rincón del fin del mundo fue, hace más de tres siglos, el lugar donde expediciones europeas se encontraron con los pueblos originarios que ya habitaban estas aguas frías y bravas. De aquellos encuentros —a veces deslumbrantes, a veces dolorosos— quedaron pinturas, dibujos y registros que hoy son, en sí mismos, un tesoro: fragmentos de una memoria compartida que nos permite reconstruir quiénes éramos, quiénes eran, quiénes somos. Cada una de esas imágenes es un puente entre tiempos, una conversación entre culturas que el museo custodia con devoción.
Durante el recorrido, niñas y niños hicieron algo extraordinario: transformaron el museo en un espacio vivo, palpitante, lleno de la energía que solo la infancia sabe convocar. Conectaron con las vitrinas desde el juego y el asombro, esa forma pura de conocimiento que los adultos a veces olvidamos. Cada pista descubierta se convertía en una puerta secreta hacia el saber; cada acertijo resuelto, en una pequeña victoria personal. Así, la historia dejó de ser un capítulo lejano, la ciencia dejó de ser una materia escolar, y la cultura dejó de ser algo que se mira desde lejos: todo ello cobró vida ante sus ojos chispeantes. Fue, en el fondo, una invitación a mirar más allá —siempre más allá—, despertando esa curiosidad innata que define a la humanidad desde sus primeros pasos.
“Debido a la lejanía de esta y otras áreas protegidas, y teniendo un gran valor patrimonial, es que buscamos acercarlas a la comunidad, a través del rescate y la valoración de obras como las que están presentes en esta exposición”, comentó Andrés Ruiz, director ejecutivo de la fundación, con la convicción de quien sabe que el patrimonio que no se transmite, simplemente, se pierde. En la misma línea, las palabras del pequeño Tomás Almonacid, de apenas siete años, conmovieron por su sencillez luminosa: “Me gustó compartir con mis compañeros; lo que más me gustó fue el libro con dibujos que encontramos como tesoro”. Hay algo profundamente emocionante en escuchar a un niño llamar “tesoro” a un libro de dibujos antiguos —porque, en efecto, lo es, y siempre lo ha sido—. Por su parte, la docente Karol Vásquez destacó con una frase que merece quedar grabada: “los niños pudieron recorrer el museo con una mirada más curiosa”. Y eso, en pedagogía, lo es todo.
Christophe Pollet, director del museo, valoró la iniciativa como una forma innovadora de acercar el conocimiento a las nuevas generaciones. “Espero que podamos seguir haciendo cosas para niños”, señaló, en una declaración breve pero cargada de futuro. Detrás de esas palabras hay una visión: la de un museo que entiende que su misión no termina en conservar el pasado, sino que comienza —verdaderamente comienza— cuando logra entregárselo, vivo y palpitante, a quienes vendrán.
Esta búsqueda del tesoro no solo dejó sonrisas dibujadas en los rostros de quienes participaron. Dejó algo más hondo, más duradero: aprendizajes que se quedan a vivir en el corazón. Reafirmó el compromiso de Los Curioscópicos por acercar el conocimiento a las infancias a través de experiencias lúdicas, donde aprender se convierte, verdaderamente, en un tesoro para toda la vida. Porque en una época en que la pantalla compite ferozmente por la atención de los niños, propuestas como esta nos recuerdan algo esencial: que la magia no se ha ido a ninguna parte. Solo está esperando, paciente, en los pasillos de un museo, en la mirada de un mediador, en la página de un libro antiguo que algún niño se atreve a abrir.
Y en Punta Arenas, ese fin del mundo donde el viento conserva memorias y los museos guardan secretos, esa magia volvió a aparecer. Como siempre. Como debe ser.








