Pasadas las siete de la tarde, no quedaba una butaca libre en el auditorio Ernesto Livacic de la Universidad de Magallanes. Estudiantes, académicos, familias, descendientes del pueblo selk’nam y vecinos de Punta Arenas llegaron al estreno de “Vuelvo donde nunca estuve”, el documental dirigido por Constanza Vásquez Palau y Andrés Morales Zambra. Fue una de esas funciones en que el público, más que asistir, parece acudir a un reencuentro.
La película empieza con un viaje que ocurrió hace más de un siglo y que buena parte de Chile desconoce. En 1895, en uno de los episodios más crueles del genocidio selk’nam, 165 personas fueron capturadas en la Isla Grande de Tierra del Fuego y trasladadas por la fuerza a Punta Arenas. Muchos niños fueron separados de sus padres y entregados a familias de colonos para servir como empleados domésticos. Familias enteras quedaron dispersas, los nombres se perdieron y el vínculo con el territorio se rompió por generaciones.
Que esa historia se proyectara precisamente en Punta Arenas, la ciudad adonde llegaron aquellos deportados, le dio al estreno una carga especial. En la oscuridad de la sala, más de un espectador entendió que el relato no hablaba de un lugar lejano, sino de calles, casas y apellidos que siguen formando parte de la vida magallánica.
El segundo viaje del documental es contemporáneo. Fernanda Olivares, descendiente selk’nam, regresa a la tierra de sus antepasados, un territorio que nunca había habitado, y se convierte en la primera de su comunidad en volver a vivir allí. Su recorrido es íntimo y doloroso. Reconstruye una historia familiar marcada por el despojo, pero también por la persistencia. La cámara la acompaña sin estridencias, en escenas cotidianas que dialogan con registros históricos, y en ese contrapunto aparece la pregunta central de la obra: ¿cómo puede declararse extinto a un pueblo cuyos hijos siguen vivos, recuerdan y vuelven?
Durante gran parte del siglo XX, los textos escolares y el discurso oficial repitieron que los selk’nam habían desaparecido. “Vuelvo donde nunca estuve” desmonta ese relato con serenidad y firmeza. No lo hace con consignas, sino mostrando a personas reales que cargan una memoria transmitida en voz baja, de generación en generación, muchas veces en silencio por temor o por vergüenza impuesta. El reconocimiento legal del pueblo selk’nam por el Estado de Chile en 2023 aparece así no como un punto final, sino como el comienzo de una reparación pendiente.
El rigor histórico de la obra, entre otras personas, contó con la asesoría del historiador Francisco Sánchez Urra, cuyo trabajo permite que los hechos narrados se sostengan en documentación y no sólo en el testimonio emotivo. Esa combinación de memoria familiar e investigación es una de las fortalezas de la película: conmueve, pero también informa, y deja al espectador con la sensación de haber conocido una parte de la historia de Chile que le fue negada.
El documental, producido por Quetro Producciones y Tonina Sur Films, llega a las salas tras un recorrido destacado por espacios de industria nacionales e internacionales, entre ellos el Showcase de Chile en Cannes Docs, del Marché du Film, el Lab Documenta Sur y el Work in Progress del Festival de Cine de Chile (FECICH), donde obtuvo el premio de asesoría de montaje. Su estreno en Magallanes, sin embargo, tuvo un sentido distinto al de cualquier festival: aquí la película volvió al lugar donde comenzó su historia.
Cuando se encendieron las luces, el silencio duró unos segundos antes de transformarse en un aplauso largo y sentido. Hubo ojos húmedos, abrazos y conversaciones que se prolongaron en los pasillos. Algunos asistentes comentaban que nunca habían escuchado hablar de la deportación de 1895; otros reconocían en la pantalla historias que habían oído de sus abuelos sin entenderlas del todo.
Esa quizás sea la mayor virtud de “Vuelvo donde nunca estuve”: convertir una herida histórica en una conversación colectiva. En una noche de octubre, en el corazón de la Universidad de Magallanes, la memoria selk’nam no fue tratada como un capítulo cerrado del pasado, sino como una presencia viva que interpela a toda la comunidad chilena. El pueblo que se dio por extinguido volvió a estar ahí, en la pantalla y en la sala, recordándonos que la historia también se escribe regresando.





